lunes, 3 de agosto de 2015

EL GATO NEGRO: Capítulo 1



En una semana serán las graduaciones.  Angélica y yo recibiremos, junto con nuestras demás compañeras, el título de bachilleres.  Leidy también lo recibiría pero no será así.

Aún recuerdo el día en que Leidy entró en nuestras vidas para dejar la más profunda de las huellas en nuestras almas. 

Ese día yo me encontraba junto con mis amigos Raúl y Luis haciendo nada productivo, para variar, sentados en la acera de la calle vehicular, y vimos llegar un auto Mazda 323 por la avenida principal y doblar la esquina, seguido de un camión de mudanzas para detenerse donde nos hallábamos. El conductor del auto, un hombre al final de sus treinta, salió seguido de su esposa, sus dos hijas y un anciano que, luego de escucharlos discutir, comprendí que era su  padre. La menor de las hijas, Leidy, me miró fijamente con sus ojos del mismo color de la oscuridad, tan negros como el gato que llevaba en una jaula y continuó su camino junto con su familia por la calle peatonal donde, hasta el día de hoy, se encuentra mi casa.  Curiosos, mis amigos y yo los seguimos y al ver la casa en la cual entraron recordé que mis vecinos de enfrente se habían marchado cuatro meses atrás dejando la casa libre para nuevos ocupantes.

Leidy y su hermana mayor, desde la ventana de su nueva habitación en el segundo piso, observaban al vecindario aglomerado a la entrada de su casa actuando como si nunca hubiera visto una mudanza. De hecho, hacía mucho tiempo que no llegaba alguien nuevo.  Y fue entonces cuando sucedió algo extraño y sería la apertura al misterioso mundo de Leidy y su familia.  Fue en el instante en el que sentí su mirada sobre mí y al mirarla a los ojos me llevé la sorpresa de ver el color violeta en ellos.  Leidy se frotó los ojos y nuevamente eran del color de la noche.  Me miró, pues sabía que la había descubierto, y se fue con Sandra, su hermana mayor.  Las vi, luego, en la sala sentadas en los desordenados muebles de azul oscuro estampado, jugando con una baraja de naipes poco comunes aunque no podía verlos desde mi lugar en la puerta de entrada a mi casa.  Sandra tomaba un naipe con el revés hacia Leidy y, sin preguntar, esperaba la respuesta de su hermana menor quien, por la expresión de Sandra, contestó bien pero pronto se percató de que su vecina de enfrente, yo, la observaba detalladamente para saber qué hacían y se desconcentró en su juego.


Y sus ojos eran nuevamente color violeta.

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